Fui a una reunión con vecinos mayores esperando escuchar lo de siempre: banco, sombra, cancha de bochas. Es la fórmula conocida.
Pero esta vez querían otra cosa.
Los vecinos nos contaron que estaban practicando un deporte nuevo: el newcom, un vóley adaptado del que yo no había escuchado hablar hasta ese momento. Las necesidades eran otras a las que veníamos usando como fórmula: una superficie que pudieran usar luego de un día de lluvia sin embarrarse y caerse, y los postes para la red.
Salí de esa reunión con una certeza incómoda: en materia de diseño urbano, tenemos que entender cómo envejecen las personas hoy.
LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA
Argentina envejece a un ritmo acelerado. La tasa de natalidad cayó a la mitad en apenas una década y, para 2040, el país tendrá más personas mayores de 65 años que menores de 14. En muchas ciudades argentinas esta proyección ya es el presente: basta con mirar quiénes habitan las plazas a las diez de la mañana de un martes.
El problema no es la demografía, sino el desfasaje conceptual. Seguimos proyectando espacios públicos para una imagen del envejecimiento pasivo, sedentario y contemplativo que ya representa solo a una parte. La idea del adulto mayor que busca quedarse quieto en un banco bajo la sombra está empezando a quedar obsoleta.
Las personas que envejecen hoy demandan movimiento, pertenencia y comunidad. Buscan un motivo para salir de sus casas. Es el mismo deseo que nos mueve a todos, pero con una diferencia crítica: a ellos, muchas veces, la infraestructura de la plaza no los acompaña en sus nuevas necesidades.
DE LA VEREDA AL BANCO
Antes de discutir qué actividades ofrecer dentro de la plaza, hay que resolver cómo se llega a ella. Para una persona con movilidad reducida, una vereda rota, la ausencia de rampas bien diseñadas o la falta de un punto de descanso a mitad de camino no son simples incomodidades: son barreras que segregan y confinan.
Los recorridos peatonales continuos, con superficies homogéneas y buena iluminación, son la base de cualquier intervención. La distribución estratégica de paradas de descanso a lo largo del trayecto —y no solo en los extremos— fomenta la autonomía y permite que las personas salgan solas sin temor a fatigarse.
El equipamiento también requiere una mirada de diseño universal. Los bancos con apoyabrazos laterales son elementos clave que funcionan como palanca para que alguien pueda incorporarse sin asistencia. El arbolado y la cobertura vegetal no son decisiones meramente estéticas: en meses de calor extremo son la condición para que el espacio sea habitable.
ACTIVACIÓN DEL ESPACIO
Volvamos al newcom. Este vóley adaptado —donde la pelota se atrapa en lugar de golpearse, sobre una red más baja— no requiere infraestructuras costosas ni un estado físico atlético. Solo demanda una superficie adecuada, una red en buen estado, bancos para el descanso, bebederos y una mínima gestión comunitaria para organizar los primeros encuentros.
Lo que genera el juego asociativo no lo consigue ningún banco: redes de apoyo mutuo, rutinas semanales y un sentido de pertenencia activa. Dos personas que no se conocían terminan compartiendo un mate y una charla simplemente porque coincidieron un martes en la misma cancha.
Lo mismo ocurre con las postas de actividad física de baja intensidad: circuitos diseñados para el estiramiento, el equilibrio y la coordinación, con señalética clara y niveles de dificultad progresivos. Propuestas pensadas para cuerpos adultos que quieren mantenerse activos sin riesgo de lesiones.
Estas iniciativas comparten un elemento común: ofrecen una excusa. Una razón para salir hoy y volver la semana que viene.
JUNTOS, NO SEPARADOS
Existe una inercia muy común en la planificación urbana: zonificar y compartimentar. El sector de juegos infantiles de un lado, las mesas de ajedrez y los bancos de los mayores del otro. Aunque visualmente ordenado, este esquema profundiza la segregación generacional. Comparten el espacio físico, pero no el espacio social.
El diseño intergeneracional propone romper ese esquema. Hamacas donde un adulto y un niño pueden hamacarse frente a frente. Areneros con bancos perimetrales integrados que permiten a los abuelos interactuar con sus nietos a la altura del juego, sin necesidad de agacharse. Mesas de metegol, ajedrez o ping-pong que convocan de manera orgánica a distintas generaciones bajo una misma regla.
Cuando una persona mayor deja de ser espectadora y pasa a ser participante activa del juego de su nieto, su rol social se transforma. La plaza deja de ser un espacio para pasar el tiempo y se convierte en un lugar de destino.
LA PLAZA PÚBLICA COMO INVERSIÓN
Para los municipios, este cambio de mirada no es un gasto asistencialista: es una estrategia de salud pública con retorno directo.
El sedentarismo y el aislamiento social en el envejecimiento tienen efectos concretos y medibles sobre la salud. Una persona mayor que camina, se ejercita y se vincula socialmente está haciendo medicina preventiva. El diseño urbano activo mitiga el deterioro cognitivo, reduce las caídas por pérdida de equilibrio y combate la depresión. Esto se traduce, de forma directa, en menor demanda sobre los sistemas de atención primaria de salud local.
EL DESAFÍO DEL NUEVO DISEÑO
No es necesario transformar todo de la noche a la mañana. Tampoco se trata de jubilar a la cancha de bochas, que sigue teniendo su valor y su público fiel. El verdadero desafío es entender que las personas mayores evolucionaron y que el diseño urbano tiene que empezar a responder a esa transformación lo antes posible.
El cambio demográfico ya está entre nosotros. La urgencia hoy es que la plaza deje de ser un espacio inercial y empiece a ofrecer las propuestas activas que la población mayor necesita para seguir siendo parte de la comunidad.
Samanta Szusterman
