Yo soy de… Bolìvar

Ignacio González Prieto, uno de los periodistas más destacados del país por su trayectoria en el área de policiales, vuelve a sus raíces y reconstruye con detalle su infancia en Bolívar: el barrio, la escuela, el fútbol y los primeros pasos de una vocación que nació en el interior y lo llevó a los grandes medios de Buenos Aires.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos más significativos en Bolívar?

El recuerdo más importante es mi barrio: Los Tilos. Está ubicado en las afueras de la ciudad y, en aquel entonces, eran apenas cuatro manzanas de calles de tierra.

Hoy avanzó muchísimo: tiene asfalto, cloacas, gas, teléfono, cable e internet. Hay farmacias, carnicerías, verdulerías, supermercados y una avenida bien asfaltada e iluminada. Ese es el Bolívar que se ve hoy, pero no es el Bolívar que yo conocí.

En mi barrio todas las familias tenían un vínculo muy cercano. Los chicos nos criamos en una esquina donde nos reuníamos desde el que tenía 2 años hasta el que tenía 20.

Nuestros días transcurrían en la calle: jugábamos al fútbol, a policías y ladrones, a la rayuela, a las figuritas, a los autitos, a las bolitas. Se festejaban mucho los carnavales y las fiestas de San Juan y San Pedro, donde se quemaban muñecos. Competíamos en torneos de fútbol con otros barrios.

Era todo muy rudimentario. La esquina que nos reunía a todos era la casa del viejo Vicente, el vecino más antiguo del barrio. A partir de ahí, nos conocíamos todos.

En mi cuadra estaban los Villa, los Pérez, los González, los Benito, los Crespo, el viejo Calvo y Blanca. Al lado de mi casa vivían los Ibáñez. Nos criamos en una comunidad donde había vínculos entre abuelos, padres e hijos.

Mi niñez transcurrió sin televisión, sin equipo de música, sin teléfono, sin videocasetera ni videojuegos. Para hablar por teléfono tenía que ir a un teléfono público en una avenida y usar monedas. La televisión en color la conocí recién a los 12 años.

Había un solo teléfono en la casa de un vecino. Si te llamaban, él venía a avisarte y tenías que ir hasta su casa para atender. Cuando empecé a tener novias, me llamaban ahí y yo iba a hablar desde el teléfono del vecino. Así era todo.

¿Qué lugar de la localidad recordás con especial cariño?

Tengo un recuerdo muy fuerte de mi escuela primaria: la Escuela N° 1 Domingo Faustino Sarmiento. No falté nunca ni en primaria ni en secundaria. Recibí el premio a la asistencia perfecta, el Premio Sarmiento. Fui mejor promedio, mejor compañero, abanderado y escolta.

Tuve una niñez y una juventud muy felices: picnics, fútbol, días de campo, largas jornadas en bicicleta y reuniones en el Parque Las Acollaradas, el principal espacio verde de la ciudad.

También recuerdo los “asaltos”, reuniones en casas donde se ponía música y se bailaba. Las chicas llevaban las bebidas; los varones, los palitos, los chizitos y las papas fritas. Al final de la noche se bailaban lentos y ahí empezaban muchos noviazgos. Nos ingeniábamos para llamar por teléfono, mandar cartas o pasar por la casa de quien nos gustaba. Cosas que hoy, en gran parte, se perdieron.

El colegio secundario, el Colegio Trinitario, también fue fundamental. Era un colegio de una congregación religiosa al que asistían varones y mujeres. Fue una etapa feliz, de nuevos amigos y experiencias.

En paralelo, empecé a jugar al fútbol en dos clubes: Argentino Juniors e Independiente. Salimos campeones de la liga local y regional, y viajamos por distintas provincias y hasta a Brasil. Ahí nació mi primera pasión por el periodismo: el deportivo.

¿Tu vocación nació en Bolívar?

Sí. Me crié en el campo y mi papá era un gran lector. En casa había muchos libros: leíamos literatura, geografía, historia, biología. Él grababa nuestras conversaciones en cassette; todavía conservo esos audios.

Aprendí capitales, banderas, océanos, montañas. En casa se leía mucho el diario: Clarín y el diario local. También escuchábamos radio. Ahí nació mi pasión por relatar deportes.

A los 12 años escribí una columna sobre el Mundial de Italia 1990 para el colegio. Un día, pasando con mi mamá por la puerta de Radio del Libertador, le dije que quería trabajar ahí. Entramos, hablamos con el dueño y me incorporaron.

Empecé limpiando baños y sirviendo café. Después me sumé al programa deportivo de las 19. Fui el cadete del equipo y, de a poco, me dieron espacio para leer noticias. Terminé relatando boxeo, fútbol, automovilismo y básquet. Era el más chico del equipo.

¿Hasta qué edad viviste allá?

Hasta los 17 años. A esa altura ya era bastante conocido en el pueblo. Hacía radio también en localidades cercanas. Participaba en el equipo de noticias y tenía mi propio programa los sábados a la mañana.

Salía a hacer móviles en una bicicleta de panadería con un canasto grande adelante. Conectaba un handy a la antena de un remís y recorría hospital, comisaría, bomberos, escuelas, municipalidad y Concejo Deliberante. Me decían “el loco González”.

Durante la semana recortaba diarios y revistas, armaba mis noticias y los viernes editaba las notas en la casa de mi abuela con una doble casetera. El sábado las llevaba a la radio y hacía el programa completo. Era muy chico, pero ya vivía como periodista.

¿Podríamos decir que tu carrera se impulsó en tu pueblo?

Totalmente. Soy producto de un pueblo del interior y de un gran sueño que me llevó a Buenos Aires a estudiar y trabajar en los grandes medios. No fue casualidad: fue esfuerzo, convicción y dejar muchas cosas de lado.

¿Seguís conectado con Bolívar?

Absolutamente. Toda mi familia está allá. Cuando me fui a Buenos Aires, sentí que tuve dos nacimientos: el primero, al nacer; el segundo, al llegar a la ciudad.

Llegué sin familia ni amigos. No conocía un colectivo, un tren, un subte o una escalera mecánica. Venía del campo. Fue empezar de cero.

¿Qué le recomendarías a quien quiera visitar Bolívar?

Bolívar es una ciudad hermosa, segura y limpia. Tiene plazas amplias, el Parque Las Acollaradas con lago artificial, parrillas, hornos de ladrillo, pista para correr y andar en bicicleta, juegos y un puente colgante que recuerda al de San Francisco.

Está la laguna San Luis para pesca y deportes acuáticos. Hay comercios, bares, cervecerías, pizzerías, parrillas, cine y teatro. También campos, quintas y chacras en los alrededores.

Es ideal para descansar, caminar tranquilo, andar en bicicleta y disfrutar del aire libre. He viajado por todo el país y puedo decir que es una de las ciudades más lindas de la Argentina.

Por Florencia Argañaraz

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José Abel Autor