En qué pensamos cuando planificamos el crecimiento de las ciudades

El capítulo de terror que vivimos en primera persona a nivel global no solo impactó en la forma en que nos relacionamos, compramos o trabajamos. Es innegable que el comercio electrónico se disparó y que el teletrabajo se volvió moneda corriente. De alguna forma, todos sentimos que, por más que la emergencia sanitaria haya quedado atrás, “algo quedó” en el ADN de nuestra organización social.

Uno de los elementos que más profundamente se transformó a partir de ese suceso fue la forma en que nos relacionamos con el territorio, especialmente en los ámbitos urbanos. No es un secreto el proceso migratorio que se disparó desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hacia los municipios del conurbano bonaerense y más allá. Este fenómeno no es ajeno a la historia argentina: guarda asombrosas similitudes con lo ocurrido entre finales de 1800 y mediados del siglo pasado, cuando las epidemias de fiebre amarilla, cólera, poliomielitis o gripe española azotaron al mundo y desembocaron en la consolidación de barrios como Recoleta, Barrio Norte, Belgrano y Chacarita, entre otros. En aquel entonces, las élites buscaban “aire puro” y altura, huyendo del hacinamiento del casco histórico.

En la actualidad, estos procesos no solo fueron palpables en las áreas conurbanas de los grandes centros poblados de Argentina como Rosario, Córdoba o Mendoza. El fenómeno se intensificó notablemente en las denominadas ciudades intermedias. Estas localidades crecieron exponencialmente de la mano de la deslocalización laboral y la aparición de mejores sistemas de conexión a internet, haciendo que muchas personas privilegiaran la “vida de pueblo” y la cercanía con la naturaleza por sobre el “caos de las ciudades”.

REPLICAR ERRORES

Esto no es una consigna, es más bien una pregunta necesaria para el urbanismo moderno: ciudades como Rafaela, Tandil o Villa María, ¿estaban realmente preparadas para recibir olas migratorias familiares tan intensivas en un periodo tan corto de tiempo? ¿Contaban con la infraestructura básica para garantizar la absorción de estos nuevos habitantes sin colapsar? La respuesta más lógica, analizando la coyuntura, es que no. Pero quizás la complejidad del problema excede un simple “no”.

Los factores que debemos evaluar para comprender el impacto real de esta migración son múltiples. En primer lugar, están los que afectan la experiencia del ciudadano en primera persona, como la salud. La presencia de hospitales de alta complejidad en estas ciudades suele ser mínima y las especialidades médicas brillan por su ausencia, lo que implica entre dos y tres meses para recibir un turno médico. En muchas de estas ciudades, encontrar servicios de ortodoncia especializada o estudios de diagnóstico por imágenes de avanzada es difícil, y viajar a los grandes centros urbanos se convierte rápidamente en parte de las “nuevas costumbres” del migrante. Las guardias médicas, por lo general, deben atender regiones geográficas mucho más amplias que su capacidad nominal, lo cual reduce su nivel de atención eficiente de medio a bajo.

EL DESAFÍO DEL HÁBITAT Y LA VIVIENDA

El factor habitacional es, quizás, el que muestra las costuras más tensas del sistema. La poca oferta inicial y los valores en alza fueron los primeros síntomas visibles. Conforme la economía lo permitió, aparecieron emprendimientos inmobiliarios que apuntan específicamente al nuevo segmento: departamentos de diseño y nuevos loteos en zonas que, en muchos casos, no contaban con una planificación previa.

Esto implica un cambio drástico en el uso del suelo: la reconversión de tierra agrícola o periurbana en suelo urbano. Esta transformación conlleva un cambio en la unidad de medida y valor: se deja de vender por hectárea para pasar al metro cuadrado, con el consecuente aumento exponencial de precio. El deseo de los propietarios de terrenos de proximidad por subirse a este exitoso modelo inmobiliario genera una presión especulativa que el Estado, muchas veces, no logra regular a tiempo. Estos cambios suelen llegar antes que los estudios de impacto ambiental y, por supuesto, mucho antes que las resoluciones administrativas y la dotación de servicios básicos como cloacas, agua corriente o tendido eléctrico eficiente.

INFRAESTRUCTURA, TRANSPORTE Y SERVICIOS

Otro factor crítico es el transporte. Estas ciudades conservaban su estructura original, en muchos casos rectificada por la aparición de una autovía que transformó el acceso principal. Sin embargo, la migración trae aparejada una densidad de vehículos particulares que el tejido urbano no estaba preparado para absorber. El paisaje urbano y periurbano se transforma, y lo que antes era un trayecto de cinco minutos se convierte en un nudo de tránsito.

La provisión de servicios también cambió su lógica. La inserción de sueldos “profesionales de capital” en entornos semi rurales trae como consecuencia un fenómeno de gentrificación: el aumento de precios en rubros como el entretenimiento, la gastronomía y los servicios especializados. Urbanamente, esto se traduce en un mayor movimiento de mercaderías para suplir necesidades específicas; un ejemplo curioso es la proliferación de locales de impresión y ploteo de alta calidad o tiendas de productos orgánicos y gourmet, que responden a las demandas de este nuevo habitante. Al mismo tiempo, la explosión del comercio electrónico cambia la relación de los pobladores locales con sus comercios tradicionales, obligando a una reconversión logística que la ciudad debe alojar (puntos de retiro, depósitos de última milla, etc.).

EDUCACIÓN Y FUTURO

Finalmente, la educación se presenta como un déficit estructural. La infraestructura educativa es costosa y requiere tiempos de ejecución que no coinciden con la urgencia de la demanda. Muchas ciudades intermedias arrastran décadas de desfinanciamiento educativo. En este escenario, la educación privada ha mostrado mayor “cintura” o agilidad para amoldarse, ampliando su oferta para captar a los hijos de los nuevos vecinos, mientras que la escuela pública se ve desbordada y sin recursos para ampliar aulas o plantas docentes al mismo ritmo.

¿Qué podemos concluir de este pantallazo? Primero, que los cambios urgentes son y serán parte del paisaje argentino. No es la primera vez que el territorio absorbe una ola migratoria interna, pero en este caso, la tecnología y los datos nos permiten monitorear el proceso en tiempo real. Si estos datos se utilizan para la planificación estratégica y no solo para la especulación, quizás se puedan revertir tendencias que, de otro modo, transformarían para mal escenarios de gran valor. Las ciudades intermedias han mantenido activo el interior productivo con su idiosincrasia única; el desafío es crecer sin perder el alma en el camino.

Por CARLOS GUTIÉRREZ GARCÍA – Arquitecto Carlos Gutierrez García, Especialista en Gestión Ambiental Metropolitana UBA.  – Consultor asociado en Linear.

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José Abel Autor