Experiencias urbanas que no dejen a nadie afuera

Durante décadas, el urbanismo se concentró en resolver problemas de infraestructura, movilidad, eficiencia y productividad. Aunque esos desafíos siguen siendo fundamentales, las ciudades del siglo XXI enfrentan una tarea tan urgente como estructural: volver a poner a las personas en el centro. No desde el ideal de una persona estándar, sino desde la diversidad humana; con diferentes formas de percibir, comprender, recorrer y habitar el entorno urbano.

Como profesional dedicada a temas urbanos, pero principalmente como madre de un niño dentro del espectro autista, me pregunto: ¿cómo sería una ciudad diseñada también desde la experiencia de las personas neurodivergentes? Este es un territorio aún poco explorado que vale la pena poner en la agenda porque el autismo no es una realidad marginal ni excepcional: 1 de cada 36 niños está dentro del espectro autista, por lo que está presente en todas las ciudades del mundo. Sin embargo, pocas veces aparece en las conversaciones sobre planificación urbana.

Diseñamos calles, plazas, sistemas de transporte, espacios culturales y servicios públicos sin preguntarnos cómo son experimentados por quienes procesan los estímulos, la información o las interacciones sociales de manera diferente. Sin embargo, allí está una de las grandes oportunidades de nuestro tiempo porque, cuando observamos las ciudades desde la experiencia de una persona autista, descubrimos una nueva forma de pensar la inclusión urbana.

DEL OBJETO AL SUJETO EN CLAVE AZUL

Para ello es necesario un análisis que pase del objeto —la ciudad y sus infraestructuras— al sujeto —las personas y sus experiencias—; es decir, de la infraestructura como fin en sí mismo a la experiencia humana como punto de partida, y que lo haga en clave azul, a través de lentes que permitan observar y entender desde una nueva sensibilidad urbana.

El azul —por su asociación con la concientización sobre el autismo— no reemplaza al urbanismo gris o tradicional ni al urbanismo verde de las agendas de sostenibilidad ambiental, sino que los complementa y amplía. Representa una evolución necesaria: incorporar la dimensión cognitiva, sensorial y emocional en el diseño de nuestras ciudades. De esta forma, pensar en azul significa reconocer que la experiencia urbana no es neutra. Los sonidos, la iluminación, la señalización, la legibilidad de los espacios, los tiempos de espera, la posibilidad de anticipar recorridos o encontrar lugares de pausa tienen un impacto directo sobre la calidad de vida de millones de personas. Significa entender que la accesibilidad no comienza cuando aparece una rampa ni termina cuando se instala un ascensor. También incluye la accesibilidad cognitiva, la orientación, la comprensión del entorno y la reducción de la incertidumbre. Significa aceptar que una ciudad verdaderamente inclusiva no es aquella que crea espacios especiales para determinados grupos, sino aquella que amplía sus condiciones de habitabilidad para todos.

10 PRINCIPIOS APLICABLES 

El modelo de Ciudades Azules —que desarrollo en mi investigación junto a Álvaro García Resta en el reciente libro publicado por Editorial El Ateneo— buscan incorporar la dimensión cognitiva, sensorial y emocional al diseño urbano, contemplando los siguientes principios: 

  1. Incluir como punto de partida significa reconocer que la diversidad humana no es una excepción que debe ser contemplada al final del proceso, sino una condición inherente a toda ciudad.
  2. Compartir experiencias como forma legítima de conocimiento urbano implica comprender que los datos son fundamentales, pero que las vivencias cotidianas de las personas también producen información valiosa para planificar y gestionar mejores entornos.
  3. Sentir la ciudad nos invita a reconocer que toda experiencia urbana es también una experiencia sensorial y emocional.
  4. Anticipar pone el foco en la capacidad de comprender qué sucederá a continuación, reduciendo la incertidumbre y favoreciendo la autonomía.
  5. La legibilidad, por su parte, propone ciudades más fáciles de interpretar, donde orientarse y comprender el entorno no constituya una barrera adicional para quienes las habitan.
  6. La calma plantea la necesidad de incorporar espacios y momentos de regulación dentro de entornos cada vez más acelerados y sobreestimulados.
  7. La sostenibilidad social recuerda que una ciudad sólo puede ser verdaderamente sostenible cuando fortalece los vínculos comunitarios y reduce las distintas formas de exclusión.
  8. La adaptabilidad promueve entornos capaces de responder a necesidades diversas y cambiantes a lo largo del tiempo.
  9. La empatía invita a diseñar desde la comprensión profunda de experiencias diferentes de las propias, ampliando nuestra capacidad para construir espacios más justos.
  10. La autonomía propone ciudades que permitan, con el uso de tecnologías con propósito, ser soporte para que las personas puedan desplazarse, comprender, decidir y participar con la mayor independencia posible.

En conjunto, estos principios ofrecen una nueva mirada sobre la inteligencia urbana: una que no se mide únicamente por la eficiencia de sus sistemas, sino también por su capacidad de cuidar, incluir y generar bienestar para todos.

REMEDIO AL AISLAMIENTO SOCIAL

En un mundo urbano cada vez más acelerado, las ciudades necesitan ofrecer espacios de regulación, refugio y bienestar; lugares donde las personas puedan disminuir la intensidad de los estímulos, recuperar energía y volver a conectar con el entorno desde otro ritmo. No se trata solamente de mejorar la experiencia de las personas autistas. Se trata de construir ciudades más humanas, porque una ciudad que reduce la incertidumbre es mejor para todos. Una ciudad más legible beneficia a niños, adultos mayores, turistas y residentes. Una ciudad con espacios verdes accesibles mejora la salud física y emocional de toda la población. Una ciudad que escucha experiencias diversas se vuelve más inteligente.

Quizás la verdadera innovación urbana de las próximas décadas no consista únicamente en incorporar más tecnología, sino en desarrollar una mayor capacidad de empatía, y en que sean los datos y las tecnologías los que nos permitan ser más asertivos en las decisiones de diseño, planificación y gestión urbana. Ese es el espíritu del marco teórico de Ciudades Azules: un modelo de entendimiento y comprensión urbana desde la diversidad humana que invita a pasar de la eficiencia al cuidado, de la infraestructura a la experiencia, de la ciudad que obliga a adaptarse a la ciudad que aprende a incluir.

Porque cuando diseñamos para quienes encuentran más barreras, terminamos construyendo mejores ciudades para todos.

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José Abel Autor