Daniel Santoro, periodista argentino de investigación con una extensa trayectoria en medios gráficos y televisión, dialogó con nosotros para repasar su infancia en Berazategui —la ciudad donde creció—, aunque nació en Wilde. Reconocido por sus investigaciones sobre corrupción y crimen organizado, participó en casos de alto impacto y recibió, entre otros, el premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia.
¿Qué recuerdos aparecen primero cuando pensás en tu infancia en Berazategui?
Primero son los recuerdos de mis padres, Pedro y Amelia, en una casa a dos cuadras de la estación del ferrocarril; mi jardín de infantes, el jardín de infantes Pinocho; la escuela primaria, que hice en la Escuela San Martín, justo frente a la estación del ferrocarril Roca; y, bueno, el Politécnico, donde hice el secundario. Realmente, una infancia muy, pero muy hermosa, pese a los problemas que sufría el país.
¿Cómo era el Berazategui en el que creciste y qué lo hacía especial en ese momento?
Berazategui, cuando yo crecí como niño y adolescente, era una ciudad industrial. Tenía más de 20 fábricas, entre ellas Rigolleau, Ducilo y Peugeot. Era una ciudad pujante, con un crecimiento y un ascenso social realmente muy grande. Lo que la hacía especial era que era una ciudad relativamente chica y que, en ese momento, dependía fundamentalmente del ferrocarril y de los colectivos, porque no estaba la autopista Buenos Aires–La Plata. La ciudad terminaba a unos 2 km del Río de la Plata, donde todo eran campos, pastizales y pantanos.
¿Hay algún lugar de tus pagos —una plaza, una calle, un club o una casa— que sientas que te define?
Sí, por un lado el Club Deportivo Berazategui, donde junto con mi hermano Jorge, que es médico y vive en Berazategui, creamos un equipo de voleibol que todavía existe; y, sobre todo, el Politécnico de Berazategui, que con un modelo de estudio basado en la autodisciplina, sin timbre de entrada, con un amplio debate y demás, me permitió encontrar mi profesión de periodista. Estuve seis años en el Politécnico, estudiando con ganas siempre de quedarme, porque había reunión de delegados, club de ajedrez y teatro.
Hice teatro los seis años que estuve en el colegio industrial de Berazategui. Realmente, esas son las cosas que más me definen.
¿Qué valores o formas de ver el mundo creés que te dejó haberte criado en Berazategui?
A mí me dejó un valor fundamental sobre el tema del trabajo: el trabajo de toda esa masa de gente que se levantaba temprano, el ruido de la Rigolleau, que estaba muy cerca de mi casa, y toda esa gente movilizándose, que ahora ya no existe porque muchas de esas fábricas se han cerrado.
Sobre todo, el Politécnico me dejó un valor en creer en el ser humano, creer en la democracia y, sobre todo, creer en el diálogo y en la tolerancia.
¿Sentís que esa identidad del conurbano aparece en tu manera de ejercer el periodismo? ¿De qué forma?
Sí, sin lugar a dudas, porque mantengo la humildad de alguien que se crió en el conurbano y no la soberbia que pueden llegar a tener otros. Aunque ahora, en Berazategui, para mí algunas partes están irreconocibles. Cuando yo dejé la ciudad, eran muy pocos habitantes; ahora hay alrededor de 200.000 y se ha incorporado todo el tema de los countries, que han cambiado su perfil.
¿Cómo fue el paso de Berazategui a los grandes medios o a la vida profesional en Buenos Aires?
Yo trabajé primero en el diario Diálogo, un diario de aparición semanal en Berazategui. Después colaboré también con La Palabra y, fundamentalmente, fui corresponsal de El Sol de Quilmes durante un año y medio o dos años. Después pasé a la agencia Noticias Argentinas.
¿Recordás cuándo decidiste dedicarte al periodismo y si ese impulso tuvo alguna conexión con tu entorno en Berazategui?
En el colegio industrial donde estudiaba, cuando terminé, me di cuenta de que me había gustado mucho el colegio, pero mi orientación no era la electromecánica ni la ingeniería o la arquitectura, como la mayoría de mis compañeros. Hice un curso de orientación vocacional y me di cuenta de que lo mío estaba en las ciencias sociales.
Por el tema del teatro, de haber sido delegado durante seis años, de haber reclamado por los tres compañeros desaparecidos que tenemos en el Politécnico de Berazategui —a riesgo incluso de mi vida, sin saberlo—, fue que decidí estudiar periodismo en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata.
Cuando volvés hoy, ¿qué cosas reconocés intactas y cuáles sentís que cambiaron completamente?
Cuando visito el municipio hoy en día, reconozco todavía algunas partes de la estación del ferrocarril de Berazategui, que tiene una arquitectura inglesa, aunque ahora ha sido ampliada. También la calle 14, la calle céntrica.
Bueno, mi casa, obviamente, la casa de mis padres, y el Politécnico en su edificio principal, porque también ha tenido reformas. Pero la ciudad, obviamente, va cambiando vertiginosamente.
Si tuvieras que contar Berazategui en una nota o investigación periodística, ¿qué historia elegirías y desde qué mirada la abordarías?
Bueno, ahora que pasó el 24 de marzo, a 50 años de la dictadura, siempre una tarea pendiente mía fue escribir la historia de mi compañero de sexto año del Politécnico, Alejandro Estigarribia, que es uno de los desaparecidos de la Argentina.
Fue en el año 77 cuando desapareció. Nosotros, junto con otros dos estudiantes del Politécnico, fuimos de los pocos —junto con Alejandro Borrales, el profesor Perillo y Omar Hernández— que fuimos a ver a los padres para preguntar qué pasaba. También fuimos pocos los que asistimos a una misa que dio monseñor Novak en Quilmes.
Sin lugar a dudas, ese es uno de los temas pendientes. Lo he contado o escrito en forma general, pero me gustaría hacer una nota profunda.
Por Florencia Argañaraz
