Arquitecta, magíster en vivienda y urbanismo, fundadora de Urbanismo Vivo y recientemente escribió el artículo “La diversidad hace a la inteligencia emocional” publicado en el libro “Vida Urbana. Herramientas para mejorar las ciudades de Iberoamérica”, editado por la Secretaría para la Cooperación Iberoamericana (SEGIB) en alianza con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo.
En diálogo con AreaUrbana, Huffmann , quien impulsa proyectos participativos con una mirada humanista del urbanismo centrada en las personas y en la vida colectiva, repasó las principales ideas desplegadas en su artículo con la intención de seguir analizando el potencial que tienen los territorios y la necesidad de seguir haciéndonos preguntas del estilo: ¿Cómo habitamos los espacios?, ¿Qué oportunidades tenemos para crear, transformar y repensar las ciudades?, ¿Cómo el urbanismo puede fomentar el encuentro, los vínculos y el diálogo en una comunidad?.
Las reflexiones de la arquitecta forman parte de las ideas y propuestas recopiladas por el equipo de Ciudades Comunes, un grupo de profesionales de diferentes disciplinas responsables de la gestión editorial y curaduría de contenidos que trabajó articulando voces, miradas y experiencias territoriales que se postularon durante las cuatro ediciones que formaron parte del concurso Vida Urbana.
El tema central que desarrolla Huffmann, refiere a la importancia que tiene la diversidad como motor de cohesión y diseño, sobre este punto, profundiza: “está mostrado, confirmado, fomentado, que a nivel urbano la diversidad es el motor que hace funcionar a las ciudades, a la vitalidad de las ciudades, a la integración. Una ciudad diversa lleva de la mano un montón de otras características muy vitales que fomentan la creación de espacios comunes, la integración de las personas, las actividades comunitarias, es decir amplía las formas de habitar la ciudad.”
En un mundo cada vez más globalizado, segmentado y digitalizado, seguir apostando por generar y construir diálogos, encuentros entre vecinos y vecinas, espacios de reflexión y ocio, recorridos seguros y redes de contención, resulta indispensable para aprovechar las oportunidades que los territorios nos brindan. La arquitecta explica que habitamos mundos digitales cada vez más personalizados, mientras que nuestras ciudades se vuelven simultáneamente más impersonales, masivas y globales. Cabe recordar que las ciudades siguen siendo el espacio donde las personas se encuentran, conviven y construyen sentido colectivo, sobre esto ella refuerza la idea de que la vida urbana solo existe cuando se habita colectivamente, la misma proviene de la sumatoria de las múltiples vidas que la componen.
Ahora bien, ¿cómo se piensa la diversidad desde un municipio, una comuna o una metrópoli? Cada una de ellas cuenta con características propias, como también presupuestos, modelos de gestión y actores diferentes que pueden ser potenciadores de la diversidad y garantizar en el diseño urbano o no. Huffmann sobre este punto es contundente, afirma que la diversidad se piensa igual a nivel estructural, lo que va a cambiar es la escala y con ese cambio, se transforma la densidad y el desarrollo, pero justamente la diversidad lo que asegura es que en el crecimiento urbano, esta estructura diversa vaya teniendo esa replicabilidad en el territorio, y que la mancha urbana no vaya creciendo de manera aislada. Ocurre muchas veces que crece a nivel residencial para un lado, a nivel industrial para el otro, a nivel financiero para el otro, que se mantenga un casco histórico intocable por el patrimonio, y entonces que nadie habite si no sea para mirar, como de repente la museificación de ciertos espacios, es lo que no debería ocurrir.
Asimismo, en relación a la escala municipal afirma: “En municipios de menor escala, lo que pasa es que muchas veces la mancha urbana empieza a crecer y no hay una planificación hecha, y queda en manos del privado este crecimiento. Esto nos lleva a reflexionar sobre lo estratégico de planificar la vida urbana. Hay muchos barrios en municipios que de pronto tienen un boom de crecimiento, de densidad. donde había casas de pronto empieza a haber edificios, y eso crece, de pronto la densidad en diversidad es algo súper rico, de pronto más gente quiere vivir ahí, entonces se construyen más edificios. Hay que seguir indagando en cómo se trabaja desde lo público con los privados para construir juntos las ciudades que queremos. Desde lo restrictivo en algunos casos, pero desde lo propositivo en otros y en esa negociación va a estar la riqueza.”
Otro de los ejes que atraviesa la reflexión se relaciona con la premisa de que diseñar ciudades es diseñar vínculos y sobre esto Huffmann detalla: “Hay que entender la ciudad y las personas en sus múltiples escalas. Una persona sale a la calle y está constantemente estableciendo vínculos con gente desconocida, confía en el comportamiento social del otro, de manera inconsciente. Hay una compresión de que no estamos solos en el mundo, contamos con muchas personas que se convierten en red. Cuanto más diseñemos ciudades que nos permitan apoyarnos en estas redes afectivas, de cuidado, está más facilitado o no. La ciudad puede trabajar para que estas brechas se acentúen o se reduzcan.”
Vivir en comunidad nos educa, nos obliga a convivir, negociar, respetar al otro, esa potencia solo se da en el encuentro, el diálogo, la convivencia misma entre todos los actores que forman en tejido social y ahí reside lo desafiante del diseño urbano basado en la diversidad. Múltiples identidades compartiendo un mismo territorio. Como afirma la autora, la presencia de los otros regula los comportamientos, promueve la solidaridad y enseña los valores de la vida compartida. A la hora de diseñar políticas públicas, siempre hay que tomarse el tiempo para pensar ¿A quiénes afecta este proyecto?, ¿Quién falta?, ¿Qué herramientas hay a disposición para materializar los deseos colectivos?.
A lo largo de sus años de experiencia diseñando proyectos participativos, junto a vecinos y vecinas, organizaciones de la sociedad civil y otros actores, la arquitecta adquirió muchas experiencias, herramientas y estrategias que resultaron útiles para hacer crecer las propuestas comunitarias, pensar alternativas de implementación y garantizar la concreción de los proyectos. Para ella lo más importante de todo siempre es generar espacios de escucha. Sobre este punto, profundiza: “Contemplar espacios de participación para considerar el crecimiento urbano o la planificación urbana o el deseo comunitario es central. Hacer un diseño participativo con las personas es mucho más rico que ir y simplemente instalar mobiliario o realizar cambios sin entender la lógica de funcionamiento del espacio y el uso que le da la comunidad. Hay voces que no tienen tiempo, que son minorías o que han sido invisibilizadas por mucho tiempo, el espacio de participación hay que buscarlo de forma más intencionada, hay que abrirse un poco más, no simplemente ir a escuchar cuando alguien grita, sino ir a recoger esta información de forma más activa.”
Otro eje que atraviesa el artículo enmarcado siempre en la diversidad, tiene vinculación con la necesidad de planificar incluyendo a las llamadas minorías que, tal como indica la experta, cuando se suman todas, el porcentaje de representatividad que tienen resulta de alto impacto en una población, ellas las menciona como una “mayoría real”. Tal es el caso de las mujeres, quienes representan la mitad de la población, las infancias cerca del 35% y, en muchas ciudades de América Latina, más del 35% de las personas vive bajo la línea de la pobreza. Sobre estas cifras, ella reafirma que incluirlas no es una cuestión de sensibilidad, sino de justicia y de eficiencia urbana. Visibilizar a las personas, reconocer las voces y presencias que sabemos que existen, darles espacio y poner en valor sus identidades, necesidades y deseos, como también promover la seguridad de las redes de apoyo y confianza barrial que sostienen la vida cotidiana, es siempre prioridad. Debemos seguir apostando a garantizar la accesibilidad física, económica y social de llegar, estar, permanecer y convivir en un mismo espacio. Crear espacios comunes y públicos como ámbitos de encuentro, interacción y convivencia.
Con la extensión de la edad de vida, cambió mucho también la manera en que los adultos mayores habitan las ciudades, contando actualmente con casi 20 años más de promedio que las generaciones pasadas. El crecimiento de la expectativa de vida impacto directamente en el diseño de los territorios ya que cada vez hay más adultos mayores que siguen activos socialmente y que requieren espacios de encuentros seguros, accesibles y de cercanía para seguir vinculándose con sus pares.
Sobre este nuevo tejido social, Huffmann opina: “Las familias y la organización familiar ha cambiado tanto que las ciudades tienen que hacer los ajustes necesarios para acompañar estas nuevas realidades. Las personas mayores no solamente requieren cuidados, también cuidan por ejemplo a las infancias, ya que hoy la imagen de los abuelos es muy diferente a la de décadas atrás, hoy están super activos y vitales. Creo que la gente mayor y los adolescentes aún necesitan ser más tenidos en cuenta a la hora de pensar espacios de encuentros para ambos grupos sociales, quienes transitan dos instancias vulnerables de la vida. Sigue siendo difícil encontrar esa red de gente en donde no estén solos o solas, en donde tengan un espacio de intercambio, de diálogo, de intereses, de juego.”
Otro concepto que atraviesa el artículo es el de inteligencia urbana, la cual radica en la inteligencia emocional, entendida como la autonomía, la autorregulación, de confianza, de sostenibilidad, de apoyo. Una ciudad inteligente puede ofrecer esto a su comunidad, cuando se piensa de manera comunitaria, colectiva, plural, considerando las diversidades y las minorías. Una ciudad inteligente contempla la diversidad de edad, de género, de roles sociales, del prejuicio, de la discriminación. Todas estas cuestiones existen y deben ser tenidas en cuenta para poder integrarlas verdaderamente.
Melisa Gabbanelli
