Adolescentes en el espacio público y cómo ganarles a las pantallas

Los adolescentes pasan hasta nueve horas diarias frente a una pantalla, según la American Academy of Child and Adolescent Psychiatry Más tiempo que en el aula o en dormir. Un estudio publicado en Journal of Adolescence, relevó a chicas y chicos de 36 países entre 2012 y 2018, y encontró que los niveles de soledad adolescente se duplicaron en ese período.

Frente a esos dos datos, la pregunta que nos interpela como responsables del espacio público es directa: ¿qué les estamos ofreciendo en nuestras plazas para que elijan salir?

Hasta los doce años, el patio de juegos está ahí, pensado y normado. A partir de los sesenta, empieza a aparecer una oferta pensada para la longevidad activa. Pero en el medio queda una década completa, de los trece a los diecinueve, sin infraestructura dedicada: los adolescentes circulan por un espacio público diseñado para todos, menos para ellos.

¿QUIÉN SE QUEDA CON EL CENTRO?

La cooperativa vasca Architektoniczki, analizó el uso real de patios escolares y encontró algo que no sorprende: el centro del patio, el lugar con más superficie y visibilidad, queda ocupado por los chicos físicamente más fuertes y activos, mayoría varones. El resto —las chicas, los menos atléticos— se acomodan en los bordes. Cuando hay una cancha de fútbol en el medio, la dinámica se profundiza todavía más.

Es el mismo mecanismo que después reproducimos a mayor escala en la ciudad: diseñamos pensando en un usuario tipo y todo el resto se acomoda como puede en el margen. Al adolescente directamente no le dejamos ni margen: no hay centro ni borde pensado para él, así que ocupa informalmente lo que encuentra —la plaza de los chicos, el playón deportivo— hasta que alguien lo corre. Y cuando por fin le destinamos algo propio, casi siempre es una cancha o una estación de calistenia, que reproduce el mismo problema en otra escala: vuelve a quedar ocupado por el mismo perfil de usuario de siempre.

LO QUE PIDEN CUANDO LOS ESCUCHAMOS

Cuando a los adolescentes efectivamente se los consulta, la respuesta muchas veces sorprende. Un relevamiento de la Asociación Nacional de Parques y Recreación de México registró que piden lugares de encuentro con mesas para sentarse en ronda, propuestas que premien la interacción por sobre la competencia, pistas de skate o patín donde puedan intentar, mostrarse y fallar sin juicio, y la posibilidad tan simple como valiosa de escuchar música al aire libre y estar tranquilos o incluso practicar coreografías.

CÓMO SE RESUELVE EN EL MUNDO

Hay ciudades que ya vienen trabajando esto en serio. En Filadelfia, el playground Anna C. Verna incorporó una hamaca colectiva gigante, con veinte asientos distintos, pensada para que varias edades —incluidos los adolescentes— la usen al mismo tiempo. En el Reino Unido, distintos estudios de diseño urbano centrados en adolescentes vienen mostrando qué falta en la oferta actual, y las recomendaciones se alejan bastante de lo típico: arboledas con sombra real, asientos enfrentados para poder conversar cara a cara, y caminos lo suficientemente anchos como para caminar charlando en grupo, en vez de en fila india.

El denominador común: piensan el recorrido completo, no una pieza aislada: qué pasa antes, durante y después de usar la estructura.

Nosotros lo comprobamos en la práctica en los proyectos que hicimos en el predio de River Plate. En los dos patios de juegos que diseñamos para el club, el conjunto de lomadas se pensó en principio para primera infancia —para trepar, rodar y esconderse— pero terminó siendo también el lugar donde los adolescentes del club se juntan antes y después de entrenar. Nadie diseñó ese uso a propósito o un poco sí. No cerramos la pieza a una sola función, y el uso real terminó definiendo lo que también podía ser.

DISEÑAR PARA LA MIRADA INVERSA

El corazón del problema es la lógica de la mirada: un nene busca ser visto por el adulto que lo cuida; un adolescente busca lo contrario, ser visto por sus pares y que ningún adulto lo vigile.

Esa diferencia cambia radicalmente el criterio del proyecto. Un patio de juegos para la primera infancia prioriza que el cuidador tenga un cono visual despejado desde el banco. Un espacio para adolescentes exige priorizar la posibilidad de agruparse, que exista sombra donde quedarse sin parecer sospechosos y que la mirada dominante sea la de ellos entre sí. Es el criterio inverso al que usamos históricamente para diseñar plazas.

No tenemos una fórmula cerrada que resuelva esta tensión, y tampoco pretendo tenerla. Pero si venís leyendo mis columnas en Área Urbana vas a descubrir que la conclusión siempre termina siendo la misma: lo que necesitan las personas es un espacio donde puedan encontrarse con sus pares y sentirse seguros haciéndolo.

Esa, y no otra, debería ser la métrica que nos importe como gestores del espacio público: si el resultado de nuestros proyectos logra que un adolescente elija quedarse un rato en la plaza, en lugar de encerrarse frente a una pantalla, ya le ganamos algo a esas nueve horas.

Por SAMANTA SZUSTERMAN 

 

  Compartir en:

José Abel Autor