“El desafío es que Azul vuelva a brillar en el centro de la provincia”

Nelson Sombra, intendente de Azul, analiza los retos de gestionar un territorio de 6.500 kilómetros cuadrados y repasa su trayectoria en diversos estamentos del Estado. Con la sencillez de un vecino más, el mandatario detalla su estrategia para potenciar el perfil productivo, turístico y cultural de la localidad.

En esta nueva edición de Revista AreaUrbana, nos tomamos el tiempo para viajar hasta el centro de la provincia de Buenos Aires y sentarnos a charlar con Nelson Sombra, intendente de Azul. Lo que inicialmente iba a ser un cuestionario protocolar terminó convirtiéndose en un mano a mano profundo y sin casetes, donde Sombra reflexiona con la madurez de quien conoce el Estado desde adentro y la frescura de quien todavía sale a regar la vereda de su casa y se queda conversando con los vecinos. A lo largo de esta entrevista exclusiva, el dirigente nos invita a pensar la política desde el llano y el sentido común, repasando sus años de militancia estudiantil y el aprendizaje de gestionar en épocas críticas. 

¿Qué aspectos de la identidad azuleña considera que todavía no son suficientemente valorados por el resto de la provincia?

Creo que todavía nos falta mostrar más. Hay una autocrítica que debemos hacernos: nos falta comprender y dimensionar, a nosotros mismos como azuleños, todo el potencial arquitectónico, cultural y turístico que tiene nuestra comunidad. Justamente este año se cumplen 20 años de esa “quijoteada” de Azul Ciudad Cervantina, como suelo decirles a los pioneros que arrancaron con esto y nos pusieron en la vidriera. Está en nosotros seguir limpiando esa vidriera para que se luzca cada vez más.

Como toda organización humana, esto ha tenido altos y bajos, pero con el tiempo se empieza a entender la magnitud de ser la única ciudad del país con este beneficio. Me siento profundamente orgulloso de pertenecer a una ciudad con ese prestigio y con la posibilidad de mostrarle algo único al mundo. A nosotros nos tocó custodiar la colección del Quijote y eso nos interpela como comunidad: nos obliga a pensar “qué quijoteada” nos toca hacer hoy a nosotros, a soñar en grande y a avanzar hacia esos sueños.

Si tuviera que describir el Azul de hoy a alguien que nunca visitó la ciudad, ¿qué fortalezas y qué desafíos mencionaría primero?

Le diría que Azul es una ciudad hermosa, ubicada estratégicamente en el centro de la provincia de Buenos Aires. Estamos a 300 kilómetros de la Capital Federal hacia el sur por la Ruta Nacional 3, que es un eje clave y muy transitado porque recorre gran parte del país, y también nos atraviesa la Ruta 226 de este a oeste.

Lo primero que te atrae de Azul es que acá los tiempos cambian. Yo he vivido mucho tiempo afuera y cuando llegás acá sentís y recuperas el control del tiempo. Se puede disfrutar de la naturaleza, de los espacios públicos y de las reuniones con amigos. Somos una ciudad muy peñera; nos encanta juntarnos a comer, charlar y ponernos al día con el reporte de la ciudad. A escasas veinte cuadras del centro ya hay paisajes con apariencia totalmente rural donde se disfruta de la llanura pampeana en todo su esplendor: el horizonte limpio y el verde.

El gran desafío es gestionar la inmensidad de nuestro territorio. El partido de Azul tiene 6.500 kilómetros cuadrados, unas 650.000 hectáreas. Para quienes viven en grandes urbes es difícil graficar esta dimensión. Tenemos la ciudad cabecera y dos localidades importantes: Cacharí a 60 kilómetros al norte y Chillar a 60 kilómetros al sur, además de sus comunidades rurales. Conectar y mantener todo esto es un reto, pero también un atractivo; por ejemplo, nuestros caminos rurales son maravillosos para el cicloturismo.

Su carrera pasó por áreas muy distintas ¿Qué aprendizaje de esos años considera que más le sirve hoy para gobernar Azul?

Llegar a la intendencia es la consecuencia natural de todo ese camino recorrido; de lo contrario, creo que el día a día sería sumamente difícil. Cada gestión me fue preparando para la responsabilidad que tengo hoy. En Desarrollo Social me tocó estar en la Municipalidad de La Plata durante la plena crisis de 2001, con Julio Alak como intendente. Fue una escuela dura pero indispensable.

Después vino un recorrido larguísimo por el Ministerio de Salud de la Nación, el Ministerio del Interior, la Secretaría de Asuntos Municipales de la Nación y la dirección de la UGL (Unidad de Gestión Local) de PAMI. Haber pasado por esos distintos estamentos me permite ver con mucha claridad las desconexiones que a veces existen entre los niveles nacional, provincial y municipal. En Buenos Aires, los funcionarios pueden salir a Plaza de Mayo, sentarse en el pasto a comer un sándwich y son anónimos, nadie sabe quiénes son. Acá en Azul el anonimato no existe. La gente sabe perfectamente quién soy, de quién soy hijo y hasta quiénes son mis primos. Esa falta de anonimato visual y social te da una cercanía única y una responsabilidad mucho mayor a la hora de gestionar.

¿En qué momento sintió que su vocación por la gestión pública era más fuerte que cualquier proyecto profesional en el ámbito privado?

Para mí es algo muy natural, lo vivo como una fuerte vocación de servicio que me fue llevando orgánicamente hacia los espacios donde se debate, se resuelve y se toman decisiones. He tenido mi recorrido en el sector privado, tuve una fábrica de pastas y me gustaba organizar eventos, pero siempre busqué que tuvieran un impacto en la comunidad, que la gente se mezclara. En estos tiempos tan individualistas, los proyectos colectivos son vitales. Lo que me mueve desde siempre es ver cómo aportar ideas para construir con otros.

Durante su etapa universitaria fue dirigente estudiantil y más tarde comenzó una larga militancia política. ¿Qué valores de aquellos años siguen guiando sus decisiones?

El rol de organizar y liderar me acompaña desde muy chico. Si hago un repaso de mi vida —hoy tengo 53 años—, me doy cuenta de que empezó en el jardín de infantes; no sé si porque era el más alto o el más revoltoso y las maestras me daban tareas para mantenerme ocupado, pero siempre terminaba coordinando algo, acomodando las mesas o los instrumentos. Tengo muy grabado el recuerdo de mí mismo encargándome de servirle agua a toda la fila de mis compañeros.

En la primaria fui delegado de curso, en la secundaria me tocaba ser el capitán de los equipos de deporte, y en la facultad me involucré de lleno en la militancia hasta ser presidente del Centro de Estudiantes. Nunca busqué los cargos por una cuestión de ego, sino como una responsabilidad natural que sentía que debía asumir. Más adelante me tocó ser coordinador nacional en el Ministerio del Interior para las provincias de Chaco, Formosa, Corrientes y Misiones. Cuando uno asume que su vocación es hacerse cargo de las realidades colectivas, la vida te va poniendo en esos lugares. El valor que me guía desde entonces es ese: el de la responsabilidad ante los demás.

Usted perdió una elección para la intendencia en 2019 y luego alcanzó el cargo en 2023. ¿Qué le enseñó ese recorrido sobre la perseverancia?

Me enseñó que la política no puede ser un proyecto personal ni una carrera de ambiciones individuales. Yo me considero, ante todo, un militante y un responsable político. Los triunfos o los tropiezos electorales son circunstanciales; lo importante es estar preparado para aportar capacidades cuando el proyecto colectivo y el momento histórico lo demanden. Ese transitar de tantos años en el territorio es lo que te da la madurez para gobernar hoy.

En una época donde la política suele estar bajo cuestionamiento, ¿qué le diría a un joven que siente interés por participar?

Le diría que es indispensable que participe. Tenemos que dar una batalla cultural contra el desprestigio del concepto de “política”. Es como cuando se dice que la justicia no existe; el problema en todo caso es el funcionamiento del Poder Judicial, no el valor de la justicia en sí. Con la política pasa lo mismo. Está vapuleada porque hay una tendencia global que intenta empujarnos hacia un individualismo extremo, donde las personas dependan únicamente de una matriz de consumo que les dicta qué pensar o qué leer, en una realidad muy parecida a la que describía George Orwell en su novela 1984.

Desacreditar la política es una estrategia para desalentar la organización colectiva. Si alguien ejerce mal la medicina o atiende mal un comercio, la culpa es de ese profesional o de ese comerciante, no de la medicina o del comercio. Con la gestión pública pasa igual: si hay dirigentes que hacen las cosas mal, el problema son esas personas, no la actividad. Para mí, la política es el arte de comunicarse y ponerse de acuerdo para lograr un objetivo común. Es una práctica esencialmente humana. A los jóvenes les diría que se organicen en su comunidad, que escuchen las necesidades de sus pares y que se involucren para transformar la realidad que les afecta. Hay que hacerse cargo.

Gobernar implica tomar decisiones complejas y convivir con críticas permanentes. ¿Cómo maneja la presión y la relación diaria con los vecinos?

La manejo con absoluta naturalidad, entiendo que la crítica y el disenso son parte de la convivencia social cotidiana. Yo me siento un vecino más que hoy tiene una carga pública muy alta, una responsabilidad en la que me metí solo y de la cual me hago cargo. El vínculo con el vecino en Azul es sumamente directo y cercano. Todos saben dónde vivo.

A veces estoy saliendo de mi casa o regando la calle y pasa un vecino, se para y nos quedamos charlando. O vienen a golpear las manos para plantearme desde la entrega de un currículum hasta decirme: “Che, Nelson, ya que te veo, ¿viste el pozo que está en tal esquina?”. Yo escucho, les agradezco y tomo nota. Es un ida y vuelta muy genuino. También me toca debatir e interpelar al vecino cuando tenemos puntos de vista diferentes sobre las problemáticas de los distintos sectores de la ciudad, pero siempre desde el respeto mutuo.

La función pública suele demandar gran parte del tiempo personal. ¿Cómo logra equilibrar esa responsabilidad con su vida familiar?

Se logra gracias al enorme valor que tiene mi familia. Estoy con mi compañera y compartimos este camino; ella asume con mucha madurez el rol que nos toca institucionalmente como pareja, entendiendo que fue una elección de vida. Además, vivir en una comunidad del interior te permite sostener esos espacios de afecto.

De todas formas, el rol de intendente no tiene horarios. Una vez una vecina me preguntó de qué hora a qué hora trabajaba, y yo le respondí que uno es intendente las 24 horas del día. No es un empleo donde fichás una tarjeta y te desconectás; si alguien viene a mi casa y golpea la puerta, sabe que está buscando al intendente y yo le voy a abrir. Vivís con esa responsabilidad encima todo el tiempo, en la calle y en cualquier ámbito. Pero dentro de esa realidad, me hago los espacios para mis cosas cotidianas, como ir a hacer los mandados, porque también es mi manera de seguir escuchando el termómetro de la calle.

Cuando termina la jornada de trabajo y se aleja de la agenda pública, ¿qué actividades, intereses o hábitos forman parte de su vida personal?

Me gusta mucho mantener la actividad física. Hace un tiempo descubrí el yoga, lo practico tres veces por semana y me hace muy bien para equilibrar la cabeza. Los sábados juego al pádel, que además del deporte es un lindo cable a tierra social porque vas al club, te cruzás con otra gente y compartís un momento distendido. En casa, con mi compañera nos gusta mucho sentarnos a leer, es un hábito compartido que disfrutamos un montón. Y cuando estamos inspirados y tenemos ganas, nos metemos juntos en la cocina y preparamos algo rico. Soy honesto, cocinamos cuando nos agarra el pulso y las ganas, pero cuando lo hacemos, le ponemos dedicación y salen cosas muy buenas.

Usted ha dicho en distintas oportunidades que quiere que “Azul vuelva a brillar”. ¿Cómo imagina esa ciudad dentro de diez años y cuáles son los pilares para lograrlo?

La imagino muy floreciente, recuperando esa luz que históricamente nos caracterizó como el faro del centro de la provincia. Azul tuvo épocas de muchísimo esplendor arquitectónico, cultural y social, pero con los años esa potencia se fue apagando. Como comunidad nos hemos propuesto una meta clara a mediano plazo: en el año 2032 Azul cumple su bicentenario y pretendemos llegar a esos 200 años mucho mejor de como veníamos.

Para lograrlo, el pilar fundamental es el desarrollo productivo. Ya hemos avanzado en potenciar la energía eléctrica para fomentar un perfil más industrial y romper con la matriz puramente administrativa que tenemos. Hoy en Azul, de 17.000 empleos formales, más de la mitad —unos 8.000— pertenecen al sector público entre los Tribunales, las fuerzas de seguridad como Gendarmería y el Ejército, organismos provinciales, el PAMI y el propio municipio. Necesitamos una comunidad que comprenda que debemos esforzarnos juntos para potenciar el capital que tenemos: tierras muy productivas, la riqueza arquitectónica de Francisco Salamone y una ubicación estratégica. El objetivo es generar ese crecimiento sin perder la tranquilidad y la seguridad que nos encantan de nuestra ciudad. En esa consigna de que Azul vuelva a brillar podemos encontrarnos todos, más allá de cualquier postura político-partidaria.

José A. Lemos

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