“Corcovado era un municipio fundido y ahora es destino turístico en expansión”

Héctor Ariel Molina llegó a Corcovado, provincia del Chubut, hace casi tres décadas buscando un horizonte distinto, después de que la vida le cerrara una puerta en Buenos Aires. Nunca imaginó que ese pueblo cordillerano, entre cerros, ríos y lagos, terminaría convirtiéndolo en intendente. Hoy, con doce años al frente del municipio, habla de Corcovado con la misma pasión con la que describe su historia personal: la infancia humilde en Chacabuco, los años de fábrica, la quiebra que lo trajo hasta la Patagonia y una vocación política que, según cuenta, nunca buscó, sino que lo encontró a él. En AreaUrbana repasa el crecimiento del municipio, el costo personal de la gestión y su mirada sobre el estado de la política argentina.

¿Cómo definirías hoy a Corcovado y cuáles considera que son sus principales necesidades?

Es una de las localidades más lindas de la Argentina. Estamos emplazados entre cerros, en un valle todo verde, con un río que pasa por el medio de la localidad y con muchos lagos en la cercanía. En los últimos 12 años tuvimos un crecimiento exponencial: hoy estamos terminando de extender la red de energía y, antes de que llegue el próximo invierno, vamos a dejar al 100% de la zona urbana con el servicio. Hemos crecido tremendamente en este tiempo; el que me conoció en esa época y vuelve ahora no puede creer el crecimiento que tuvo Corcovado.

Es indiscutible su potencial turístico impresionante, ¿Están trabajando para seguir atrayendo turistas del país y del exterior?

Sí, estamos trabajando en eso. Hicimos muchísimos senderos para el que venga. Corcovado siempre fue un pueblo famoso por su pesca: salmón rosado que viene del Pacífico, truchas marrones, entre otras especies. Cuando yo asumí me di cuenta de que el único que venía era el pescador: llegaba unos días, solo, sin la familia y se iba. Entonces empezamos a generar propuestas para que, mientras el hombre o la mujer va a pescar, el resto de la familia también tenga cosas para hacer. Armamos distintos puntos de atracción, como un mirador sobre el lago, una cruz verde —como la que hay en Brasil— y otra cruz de más de cinco metros de altura. Vamos buscando esos puntos para que, si a alguien no le gusta pescar, tenga otras alternativas. También contamos con un rafting de categoría cuatro y cinco, excelente. En resumen: senderismo, trekking, pesca, rafting y un circuito de mountain bike. Estamos invirtiendo mucho en el tema turístico y, gracias a Dios, ya empezamos la segunda etapa de la ruta que nos une con Trevelin. Cuando yo asumí, esa ruta era toda de ripio; hoy ya tenemos la mitad avanzada y estamos encarando la segunda mitad. Creo que esa conectividad terrestre es clave para seguir creciendo.

¿Cómo era Ariel Molina antes de entrar en política? ¿Qué recuerda de su infancia?

Nací en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en una familia humilde, casi de clase media baja. Me tocó trabajar desde los 12 años para que mi padre pudiera llevar la comida a la casa. Después, en la secundaria, salí a trabajar a una fábrica metalúrgica, y más adelante, por cosas de la vida, encaré un emprendimiento propio: otra fábrica, esta vez de tracción, junto con un socio. Me fue muy bien, fue un emprendimiento tremendo para ese momento. Después, cuando terminó la concesión y hubo que afrontar los pagos, quedamos complicados con otros propietarios del sector; quisimos sostener la fábrica sin tener trabajo asegurado y no nos fue bien. Ahí decidí buscar un nuevo horizonte, tenía un conocido, que había sido profesor mío, que vivía en Corcovado. Lo llamé por teléfono, me invitó a quedarme, vine a visitarlo, me gustó el lugar, decidí quedarme a vivir y hace 28 años que estoy acá.

¿Y cómo descubrió la vocación política que tenía?

La verdad es que nunca la descubrí. Siempre fui una persona de hacer y de ayudar, ya sea como comerciante o como abogado, y la gente siempre me venía a buscar. Nunca participé en política, nunca estuve afiliado a ningún partido; ya tenía 45, 46 años y jamás había participado en política, siempre pensé que no era lo mío. Sin darme cuenta, de alguna manera siempre estuve haciendo política sin saberlo. Pero me tocó vivir un mandato muy malo de un intendente, y después vino otro todavía peor, y la realidad en la que yo quería vivir ya no era esa: el pueblo se había ido muy abajo, no había obras, no había trabajo para la gente, estaba todo sucio, ya no era el Corcovado que yo había elegido para vivir. En un momento me dije: “la única forma de arreglar esto es meterme y hacer las cosas desde adentro”. Me presenté, logré ganar en 2015 y a partir de ahí sigo como intendente del pueblo.

¿Qué cosas le parece que cambiaron desde que asumió la intendencia?

Cambió el manejo que hoy tiene la municipalidad. Cuando asumí me dejaron un municipio totalmente fundido, con varios meses de sueldos adeudados a los empleados y varios millones de pesos de deuda con proveedores —hablando de 2015, era muchísimo dinero—. Antes, acá cada uno hacía lo que quería: iba al mercado y sacaba mercadería, iba a la despensa, iba al corralón lo mismo, sin ningún control; si alguien quería algo, no había trabajo de por medio, no había absolutamente nada a cambio.

Lo primero que hice cuando asumí fue reunir al personal y decirles que no iba a tolerar más ese manejo, que a partir de ahí había reglas claras y que el primero que las iba a cumplir era el intendente: el primero en llegar era yo y el último en irme. También hablé con todos los comerciantes locales y con los proveedores, les avisé que, si seguían dejando pasar facturas sin control, las facturas que llegaran de ahí en adelante ya no las iba a pagar. Eso lo hice para que el municipio empezara a funcionar.

De a poco lo fui logrando: pagué las deudas, puse en marcha una línea de control. Incluso en el mes de diciembre me tocó poner plata de mi bolsillo para que la gente pudiera cobrar; puse unos 500.000 pesos, que en ese momento era demasiada plata, para que la gente tuviera con qué cubrirse. Ahí comenzó el cambio rotundo en la forma de gestionar.

Nos dimos cuenta de que lo que hacíamos en el municipio no podía ser gratis, no era necesario regalar todo lo que la gente pedía: las cosas había que ganárselas. Antes la gente estaba acostumbrada a que todo viniera del gobierno local, y eso había que romperlo. La única forma de que un municipio funcione es administrando bien lo poco que se tiene: si ayudamos a alguien, esa persona tenía que devolverlo de alguna manera para que la municipalidad pudiera ayudar a otro. Así nos fuimos acostumbrando, y hoy ya nadie viene a pedirnos las cosas de arriba; el que necesita algo, sabe que se lo tiene que ganar.

Y después cambiamos la mentalidad de otra manera: antes acá se hacían obras y enseguida se rompían o se abandonan porque la gente estaba enojada con el presidente de turno, no se valoraba lo que se había hecho a nivel local más allá de la política nacional.

¿Cómo puede definir su relación con la gente de Corcovado?

La relación con ellos es muy buena. A lo largo de tantos años, la calidad de vida de la gente fue siempre mi primer objetivo y nunca lo cambié. Aunque cada vez llevo más tiempo en el municipio, seguimos trabajando con la misma fuerza.

¿Su familia lo apoya o alguna vez le ha pedido que se retire de la política?

Mi familia, lamentablemente, estuvo un tiempo lejos: yo me separé. Pero más allá de eso, siempre me apoyaron.

Hoy, tengo un tema de salud que me trajo la función, porque no es fácil ser dependiente de ser intendente. Y mucho menos para una persona que se metió en política recién a los 48 años, después de haber vivido toda la vida por fuera de ella. Ahora que estoy adentro, entendí que por más que uno deje todo en la cancha, siempre vas a ser criticado, y eso es lo que más duele: la crítica, sobre todo cuando uno pone el corazón en lo que hace y no se valora. Yo no me metí en esto por necesidad de trabajar ni por el sueldo de ser intendente.

Gracias a Dios, después de haber sido empresario, tuve un buen pasar económico y te puedo asegurar que podría estar mejor económicamente de lo que estoy ahora si no cumpliera una función pública importante. Quería ayudar a este pueblo, que tanto me dio a mí, que me abrió los brazos cuando llegué hace 28 años. Pero eso siempre lo tomé de ese lado.

Eso no lo entendía, y me llevó mucho tiempo entenderlo y me hizo mal. Todo el estrés que me trajo se terminó notando en mi salubridad: tengo cuadros de pánico, varias cosas en mi salud nunca he tenido. Y eso es lo que me hace pensar si quiero volver a presentarme o no. La verdad es que es más un problema de salud que de familia, algo que tengo en mi futuro inmediato, pero son cosas que voy resolviendo, más adelante veremos qué decisión tomaré.

¿Cómo ves hoy a la política, que está tan bastardeada y a la que la gente ya no le cree tanto?

Vengo de afuera del palo, aunque ya hace 12 años que soy intendente y ya tengo 59 años. La política no es mala, a veces son malos los políticos; la política en sí, el arte de hacer, es increíble. Cuando uno soluciona el problema de la gente, es hermoso, y a veces son los políticos los que arruinan eso.

Yo creo que lo que nos pasa en nuestro país es algo que no puedo entender: que cada cuatro u ocho años el país gire 360 grados. Por eso, nunca vamos a crecer como país, y te explico por qué digo esto: hoy tenés un gobierno, por ejemplo, uno de Libertad, y cuando entra dice “el gobierno anterior hizo todo mal, hay que hacer todo distinto”. Y digo: “no, pará. Había cosas que se estaban haciendo bien, había errores, miles, pero había cosas que se estaban haciendo bien. ¿Por qué no seguíamos con eso, cambiábamos lo que estaba mal y dejábamos lo que estaba bien?”.

No tenemos una política de Estado en ciertos puntos, como economía, salud, seguridad, que diga: “esto no se modifica, más allá de que el gobierno sea de tal o color, sea libertario, sea independiente”. Si no, cada cuatro u ocho años empezamos de nuevo, y en serio nunca vamos a ser un país, lamentablemente. Tiramos por la borda todo lo que se hizo, cuando hay cosas que se hacen bien.

A veces nos mata el fanatismo, como pasa con los hinchas de un club y otro: si algo lo dice uno de tu propio espacio, para muchos está bien, y si lo dice el otro, está mal, aunque sea exactamente lo mismo. Yo soy peronista, y no tengo problema en reconocer cuando algo de mi espacio está mal: es una locura pensar que, porque lo dice ‘el otro’, tiene que estar mal.

¿Cómo se ve dentro de 10 años?

En diez años quiero estar jubilado, disfrutando de mi nieto y de la vida. La verdad es que este cargo te consume la vida. A veces, creo que algunos que hablan de ser intendente no entienden lo que realmente es. En un pueblo chico como este, todo pasa por mí: un problema de cultura, de deporte, de obras públicas lo tiene que resolver el intendente; hasta de abogado. Soy toda la municipalidad, todo pasa por mis manos.

En un municipio grande capaz nadie busca directamente al intendente; acá me buscan en mi casa, me paran en el mercado, donde sea o cuando voy a hacer un poco de deporte. Soy menos yo cuando estoy en mi casa; en la calle siempre soy el intendente. Es totalmente agotador. Mucha gente cree que es fácil ser intendente y no lo es.

Es fácil tener una ciudad detrás tuya, pero hagas lo que hagas, siempre te van a criticar. Me pasó que, cuando recién asumí, la gente no me criticaba tanto; con el tiempo entendí que si uno no hace nada, no le dicen nada, pero apenas empezás a hacer cosas, te empiezan a criticar: que si pintaste de blanco, que si lo tenías que pintar de celeste. La mitad de las veces son críticas que hay que asumir. Yo lo hago con mucho amor y mucha pasión, soy una persona que se entrega en lo que hace y deja todo. El día que me vaya, quiero poder decir que di el pecho en todo; seguramente me habré equivocado en algunas cosas, porque también soy un ser humano.

Soy el intendente, pero no soy ni más ni menos que cualquier vecino, ni que el propio periodista que me está haciendo el reportaje. Tengo un cargo porque me lo dieron, pero eso es momentáneo; yo sigo siendo el mismo de siempre y no voy a cambiar mi forma de ser por ser intendente. Le pongo todo lo que hace falta para seguir mejorando: estoy seguro de que lo estamos logrando, aunque todavía falten muchas cosas por hacer. Vamos por un buen camino, un camino que antes no se veía.

Usted tiene dos apodos que llaman la atención: le dicen ‘tapado’ y antes te decían ‘percha’, ¿Se puede saber por qué?

Sí, ‘percha’ me lo pusieron en Chacabuco. Yo tenía 12 años y jugaba al fútbol con gente de 25 años, había mucha diferencia de edad. Como era flaquito, me empezaron a decir ‘Percha’. Después, cuando llegué a Corcovado, yo ya jugaba de forma profesional en Chacabuco, y acá al principio no me conocía nadie, solo veían que le pegaba bien a la pelota. Un día armaron un campeonato de papi fútbol y, para poder anotarme, un amigo terminó presentándome con otros datos en la planilla. Cuando en el campeonato preguntaron quién era Ariel Molina, mi amigo dijo que era un ‘tapado’ que tenía. Así quedé con el apodo ‘Tapado’, pero sólo por el fútbol.

Para cerrar, ¿qué mensaje le dejarías a la gente?

Yo siempre le digo a la gente que se puede, sea cual sea el punto de partida. Vengo de una familia muy humilde; me tocó usar zapatillas rotas, todas gastadas. Y, aun así, se puede salir adelante. Yo nunca bajo los brazos.

 Por JOSÉ A. LEMOS

 

  Compartir en:

José Abel Autor